La Condesa de Charny

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Pero Maillard, que no tenía cosa alguna que le distrajese, concentró toda su atención en la mujer del purgante de once sueldos.

—Aquí está vuestro medicamento, ciudadana —dijo el dependiente.

—Vamos, Toussaint —dijo la mujer con un acento de dejadez que parecía serle habitual—, da los once sueldos, hijo mío.

—Ahí están —dijo el chico.

Y poniendo sobre el mostrador el puñado de vellón, continuó:

—Anda, mamita Oliva, vamos pronto, que papá espera.

Y haciendo esfuerzos para llevarse a la madre, repitió:

—Pero anda pronto, mamita Oliva, anda pronto.

—Aquí no hay más que nueve sueldos, señora —dijo el dependiente.

—¡Cómo! ¿No hay más que nueve sueldos?

—Contadlos —replicó el dependiente.

La mujer contó, y, en, efecto, no había más que nueve sueldos.

—¿Qué has hecho de los otros dos, pícaro? —preguntó.

—Yo no sé —contestó el chico—, ¡anda mamita Oliva!


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