La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Debes saberlo, porque te has empeñado en traer el dinero, y yo te lo di.
—Los he perdido —añadió el niño—, anda, vamos pronto.
—Vuestro hijo es muy guapo, ciudadana —dijo Maillard—, y parece muy despejado; pero es menester que tengáis cuidado para que no se haga un ladrón.
—¡Un ladrón! —repuso la mujer que el chicuelo habÃa designado como el nombre de mamita Oliva—, y ¿por qué?
—Porque no ha perdido los dos sueldos, y se los ha guardado en el zapato.
—¡Yo, es mentira! —dijo el niño.
—En el zapato izquierdo, ciudadana —dijo Maillard.
Mamita Oliva, no obstante los gritos del joven Toussaint, le descalzó el pie izquierdo y encontró los dos sueldos dentro del zapato.
Dio la moneda al dependiente y arrastró consigo al chico, amenazándole con un castigo que habrÃa parecido terrible a los circunstantes, si no hubiesen tenido la precaución de rebajar la parte en que, necesariamente, habÃa de disminuirlo el maternal cariño.