La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Había allí tres mujeres: dos jóvenes temblorosas, que se oprimían contra dos ancianos, y una mujer de luto, tranquila, arrodillada, orando y sonriendo con dulzura.

Las dos jóvenes eran las señoritas de Cazotte y de Sombreuil, y los dos ancianos sus padres.

La mujer de luto era Andrea.

Se llamó al señor de Montmorin.

Ya se recordará que este era el antiguo ministro que había entregado los pasaportes con los cuales el rey trató de huir; este personaje era tan impopular, que ya la víspera, un joven del mismo nombre había estado a punto de ser muerto, tan sólo por llamarse así.

El señor de Montmorin no había ido a escuchar las exhortaciones de los sacerdotes; permanecía en su habitación furioso, desesperado, llamando a sus enemigos, pidiendo armas, sacudiendo las barras de su prisión y rompiendo una mesa de ébano cuyas tablas tenían dos pulgadas de grueso.

Fue preciso conducirle a viva fuerza ante el tribunal, y entró pálido, con los ojos brillantes y los puños levantados.

—¡A la fuerza! —dijo Maillard.

El antiguo ministro tomó la palabra por lo que parecía ser, y creyó en una simple traslación.


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