La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Al decir esto se levantó y quiso poner la mano sobre la cabeza de Andrea, como lo hacÃa con todos aquellos a quienes proclamaba inocentes.
Pero la condesa apartó la mano de Maillard.
—Tengo toda mi razón —dijo—, y si debéis hacer gracia a alguno, dispensadla a quien la pida y la merezca; pero no a mÃ, que no la merezco y la rehúso.
Maillard se volvió hacia Gilberto y vio a este con las manos unidas como si suplicara.
—¡Esa mujer está loca —repitió—, que la dejen libre!
Al decir esto hizo una seña a un individuo del tribunal, para que la hiciera salir por la puerta de la vida.
—¡Inocente —gritó el hombre—, dejad pasar!
Todos se apartaron delante de Andrea; los sables, las picas y las pistolas, se inclinaron ante aquella estatua del Duelo.
Pero apenas hubo dado diez pasos, y mientras que, inclinado en la ventana, Gilberto veÃa, a través de los barrotes, cómo se alejaba, la condesa se detuvo y gritó:
—¡Viva el rey! ¡Viva la reina! ¡Oprobios sobre el 10 de agosto!
Gilberto profirió un grito y se lanzó al patio.