La Condesa de Charny
La Condesa de Charny ¡HabÃa visto brillar la hoja de un sable que, rápida como un relámpago, desapareció en el pecho de la condesa!
El doctor llegó a tiempo para recibir a la pobre mujer en sus brazos.
Andrea volvió hacia él su mirada apagada y le reconoció.
—Bien os habÃa dicho que morirÃa a pesar vuestro —murmuró, añadiendo después con voz apenas inteligible:
—¡Amad a Sebastián por los dos!
Y más débilmente aún:
—¡Cerca de él, junto a mi Oliverio, junto a mi esposo… por toda una eternidad!
Y espiró.
Gilberto la cogió entre sus brazos y la levantó.
Cincuenta manos cubiertas de sangre le amenazaron a la vez; pero Maillard se presentó de pronto, y extendiendo la mano sobre su cabeza, gritó:
—¡Dejad pasar al ciudadano Gilberto, que se lleva el cadáver de una pobre loca, muerta por equivocación!
Todos se apartaron, y Gilberto, llevándose el cadáver de Andrea, pasó por en medio de los asesinos, sin que ni uno solo pensara en cerrarle el paso; tan soberana era para la multitud la palabra de Maillard.