La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El pueblo se arrodilló ante la cinta tricolor del Temple y la besó; nadie la traspasó.
El rey y la reina ignoraban lo que acontecía en París el 2 de septiembre; había, es verdad, en derredor de la cárcel una fermentación mayor que la acostumbrada; pero comenzaban ya a habituarse a esos incrementos de fiebre.
El rey comía a las dos, y a esta hora comió, como de costumbre; después de comer bajó al jardín, según costumbre también, con la reina, madame Isabel, madame Royale y el delfín.
Uno de los municipales que seguían al rey, hablando al oído de uno de sus colegas, pero no tan bajo que dejase de oírlo Clery, le dijo:
—Hemos hecho mal en dejarles pasear esta siesta.
Eran cabalmente las tres, y era el momento en que se comenzaba a degollar a los prisioneros llevados desde el ayuntamiento a la Abadía.
El rey no tenía cerca de sí como ayudas de cámara más que a Clery y a Hue.
El pobre Thierry, al que hemos visto prestar el 10 de agosto su cuarto a la reina para conversar con el señor Roederer, estaba en la Abadía e iba a ser asesinado en la jornada del 3.