La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Las otras mujeres no hablaban, pero unían las manos.

—Señores —decía el delfín—, dejad a mi padre volver aquí, y yo rogaré a Dios por vosotros.

Los municipales se miraban sin contestar, y aquel silencio arrancaba sollozos y gritos de dolor a las mujeres.

—¡A fe mía, tanto peor —dijo aquel que había hablado al rey—, otra vez comerán hoy juntos!

—Pero ¿y mañana? —preguntó la reina.

—Señora —contestó el municipal—, nuestra conducta está subordinada a los decretos de la municipalidad, y mañana haremos lo que se nos ordene. ¿Os parece bien así, ciudadano? —preguntó el municipal a su compañero.

Este último hizo una señal afirmativa.

La reina y las princesas, que esperaban esta señal con ansiedad, profirieron un grito de alegría; María Antonieta cogió a sus dos niños entre sus brazos, estrechándolos contra su corazón, y madame Isabel, con las manos elevadas al cielo, daba gracias a Dios. Esta alegría tan inesperada, que les arrancaba gritos y lágrimas, tenía casi el aspecto de un dolor.

Uno de los municipales no pudo reprimir sus lágrimas, y Simón, que estaba presente, exclamó:

—¡Creo que estas pícaras mujeres me harán llorar!


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