La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Acto continuo puse manos a la obra, mientras que Capeto charlaba con mi aprendiz, que siempre he sospechado era un aristócrata disfrazado, y en diez minutos estuvo concluida. Entonces bajé con la puerta de hierro en que estaba aplicada la cerradura y le dije: «Ya está esto, señor». «Pues entonces, ven conmigo, Gamain». Echó a andar, y yo le seguí; primero me condujo a su alcoba, y luego a un pasillo que iba desde su alcoba al cuarto del delfín; aquello estaba tan oscuro, que fue menester encender una vela; la encendió, y después me dijo: «Ten esa vela, Gamain, y alúmbrame». (Se atrevía a tutearme el tirano). Entonces levantó un tablero de la ensambladura, que ocultaba un agujero redondo de dos pies de diámetro en la entrada, y después, como vio que yo me quedé suspenso, me dijo: «He hecho este escondrijo para guardar mi dinero; ahora, Gamain, es menester cerrar este hueco con la puerta de hierro, que para eso era la cerradura». «Eso es poca cosa, le dije, porque están ahí ya los goznes y el pestillo también». Enganché la puerta, la empujé, y ¡tras!, se cerró sola; luego se puso el tablero en su sitio, y ya no se vio ni armario, ni puerta, ni cerradura.

—¿Creéis que ese armario —preguntó Roland—, no tenía otro objeto que guardar dinero?


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