La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—A eso vamos, poco a poco; él se creía astuto, el muy tonto, pero yo soy más pícaro que él; lo que pasó fue esto: «Vaya, me dijo, ayúdame a contar el dinero que voy a guardar en este armario». Entre los dos contamos dos millones en dobles luises, y los guardamos en cuatro sacos de cuero; pero mientras contábamos el dinero, vi de reojo que el ayuda de cámara transportaba papeles, y me dije: ¡Bueno, el armario es para guardar papeles, y el dinero es una engañifa!

—¿Qué dices de esto, Magdalena? —preguntó Roland a su mujer, inclinándose hacia ella de modo que Gamain no pudiese oír.

—Digo que esa revelación es muy importante, y que no debe despreciarse un momento.

Roland llamó.

Un portero apareció.

—¿Hay algún coche enganchado en el patio?

—Sí, ciudadano.

—Que lo acerquen.

Gamain se puso en pie.

—¡Ah! —dijo en extremo humillado—, parece que ya estoy de sobra, ¿verdad?

—Pero ¿por qué? —preguntó Roland.

—Pues claro está, pues hacéis llamar el coche… ¿También tienen coche los ministros bajo la República?


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