La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Los ministros tendrán coche en todo tiempo, amigo mÃo —contestó Roland—; el coche no es lujo, sino economÃa para un ministro.
—EconomÃa ¿de qué?
—De tiempo, es decir, de lo más caro y más precioso que hay en el mundo.
—Entonces, ¿tendré yo que volver?
—Y ¿para qué?
—¡Diantre!, para llevaros adónde se halla el armario en que está el tesoro.
—Es inútil.
—¡Cómo inútil!
—Sin duda; acabo de pedir el coche para ir allá.
—¿Dónde allá?
—A las TullerÃas.
—¿Vamos a ir ahora?
—Dentro de un instante.
—¡Sea enhorabuena!
—Pero, a propósito —dijo Roland.
—¿Qué hay? —preguntó Gamain.
—¿Y la llave?
—¿Qué llave?
—La del armario… es probable que Luis XVI no la haya dejado en la puerta.
—¡Oh!, no, no es tan tonto como parece, para haber hecho eso.