La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Como se ha podido ver en la parte novelesca de esta obra, la reina se dejaba llevar fácilmente hacia lo pintoresco de la vida; tenía esa viva imaginación que, mucho más que el temperamento, hace a las mujeres imprudentes, y la reina lo había sido toda su vida, así en sus amistades como en sus amores. Su cautividad la salvó bajo el punto de vista moral; volvió a sentir las puras y santas afecciones de la familia, de la que le habían alejado las pasiones de su juventud; y como no sabía hacer nada sino apasionadamente, llegó a amar al rey con toda su alma en su desgracia, a aquel rey, aquel esposo del que no había visto en los días felices más que el lado vulgar. Varennes y el 10 de agosto le mostraron a Luis XVI como un hombre sin iniciativa, sin resolución, pesado, casi cobarde; y en el Temple comenzó a observar que, no solamente la mujer había juzgado mal a su marido, sino que también la reina había formado un juicio erróneo del rey. En el Temple le vio tranquilo, resignado a los ultrajes, dulce y firme como Jesucristo, y todo cuanto había tenido de altanerías mundanas se dulcificó, redundando en beneficio de los buenos sentimientos. Así como había desdeñado en demasía, amó con exceso también. «¡Ay de mí! —dijo el rey al señor de Firmont—, ¿por qué he de amar tanto y ser tan tiernamente amado?».