La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Así moriría tranquila aquella pobre Magdalena real; su amor al rey, por tardía que fuese, le valía la misericordia divina y humana, y se le concedía su perdón, no en voz baja y de una manera misteriosa, como una indulgencia de que el rey se avergonzase, sino en voz alta y públicamente.
¿Quién osaría reconvenir por algo a la que iba a presentarse a lo posteridad doblemente coronada con la aureola del martirio y el perdón de su esposo?
La reina lo pensaba así, y comprendió que desde aquel momento sería fuerte ante la historia; pero fue más débil ante aquel a quien amaba tan tarde, al reconocer que no le había amado bastante. No eran ya palabras las que se escapaban del pecho de la desgraciada mujer; eran sollozos, eran gritos entrecortados; decía que deseaba morir con su esposo, y que si le negaban esta gracia se dejaría morir de hambre.
Los municipales que contemplaban aquella escena de dolor a través de la puerta vidriera, no pudieron resistir y apartaron los ojos; después, como sin ver ya oían los gemidos aún, volvieron a ser hombres y derramaron abundantes lágrimas.
Las últimas despedidas duraron siete cuartos de hora.