La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Por último, a las diez y cuarto el rey se levantó el primero; entonces, esposa, hermana e hijos, se suspendieron de su cuello como los frutos de un árbol; el rey y la reina tenÃan cada cual cogido de una mano al delfÃn; la princesita, a la izquierda de su padre, le abrazaba por la cintura, y madame Isabel habÃa cogido el brazo al rey. La reina, que tenÃa derecho a más consuelo, porque era la menos pura, habÃa pasado el brazo alrededor del cuello de su esposo, y todo aquel triste grupo avanzaba con el mismo movimiento, dejando oÃr gemidos, sollozos y gritos, en medio de los cuales se oÃan estas palabras:
—Os volveremos a ver, ¿no es verdad?
—SÃ… sÃ… estad tranquilos.
—¿Mañana por la mañana… a las ocho?
—Os lo prometo.
—Pero ¿por qué no a las siete? —preguntó la reina.
—Pues bien, sÃ, a las siete —contestó el rey— pero… ¡adiós, adiós!
Y pronunció estas palabras con una voz tan expresiva, que se adivinaba que temÃa que le faltara el valor.
Madame Royale no pudo resistir más; exhaló un suspiro y se dejó caer en el suelo: se habÃa desmayado.
Isabel y Clery la recogieron.