La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El rey comprendió que a él era a quien tocaba mostrarse fuerte; arrancóse de los brazos de la reina y del delfín, y entró en su habitación gritando:

—¡Adiós, adiós!…

Y cerró la puerta tras sí.

La reina, fuera de sí, se apoyó en aquella puerta, sin atreverse a pedir al rey que la abriese, pero llorando, sollozando y golpeándola con su mano extendida.

El rey tuvo el valor de no salir.

Los municipales invitaron entonces a la reina a retirarse, repitiendo la seguridad de que podría ver al día siguiente a su esposo a las siete de la mañana.

Clery quería llevar a madame Royale, siempre desvanecida, hasta el cuarto de la reina; pero los municipales le detuvieron, obligándole a entrar.

El rey se había reunido con su confesor en el gabinete de la torrecilla, y le hacía referir cómo le habían conducido al Temple.

He aquí lo que el abate le contó:

Prevenido por el señor de Malesherbes, que le había dado una cita en casa de la señora de Senozan, de que el rey apelaría a él si era condenado a la pena de muerte, el abate Edgeworth, a riesgo del peligro que corría, fue a París, y conociendo la sentencia, pronunciada en la mañana del domingo, esperó en la calle de Bac.


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