La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Los municipales se miraron con asombro; ni siquiera les había ocurrido la idea de que se pudiera hacer semejante petición.

—Y ¿dónde diablos —contestaron— encontramos un sacerdote y ornamentos de iglesia a estas horas?

—El sacerdote está encontrado ya, puesto que yo estoy aquí —contestó el abate—, y en cuanto a los ornamentos, en la iglesia más cercana los darán; no se trata más que de enviar a buscarlos.

Los municipales vacilaban.

—Pero ¿y si esto fuese un lazo? —dijo uno de ellos.

—¿Qué lazo? —preguntó el abate.

—Si bajo el pretexto de hacer comulgar al rey trataréis de envenenarle…

Él abate miró fijamente al que acababa de manifestar aquella duda.

—Escuchad —continuó el municipal— la historia nos ofrece bastantes ejemplos en este punto para inducirnos a ser prudentes.

—Caballero —dijo el abate—, me han registrado tan minuciosamente al entrar aquí, que deben estar seguros de que no he introducido ningún veneno; si le tengo mañana, de vos le habré recibido, puesto que nada puede llegar a mi mano sin haber pasado por las vuestras.

Se convocó a los individuos ausentes y se deliberó.


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