La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero apresurémonos a decirlo: ningún cálculo de este género empañaba la pureza de los sentimientos del honrado Pitou; este se había conservado como le hemos visto siempre, es decir, el joven cándido y fiel que le conocimos al principio, y si se había efectuado en él un cambio, reducíase a que, siendo ya mayor de edad, mostrábase más fiel aún y más cándido que nunca.
Todas estas cualidades conmovían a Catalina hasta hacerla derramar lágrimas; comprendía que Pitou la amaba ardientemente, hasta la adoración, hasta el fanatismo, y a veces se decía que hubiera querido reconocer tanto amor, tanta fidelidad, por un sentimiento más tierno que el de una amiga.
A fuerza de repetirse esto sucedió que, poco a poco, la pobre Catalina, hallándose —fuera de Pitou— tan completamente aislada en este mundo, y comprendiendo que si llegaba a morir, su pobre niño quedaría desamparado —a no ser por Pitou—, la pobre Catalina, decimos, llegó al fin a dar a Pitou la única recompensa que estaba en su mano, todo su amor y toda su persona.
Mas ¡ay!, su amor, aquella flor brillante y perfumada de la juventud, su amor, estaba ahora en el cielo.
Cerca de seis meses transcurrieron durante los cuales Catalina guardó este pensamiento en lo más profundo de su alma, más bien que en el fondo de su corazón.