La Condesa de Charny

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III

Tal vez Pitou habría reflexionado mås profundamente sobre lo que acababa de decirle el señor Raynal, si no hubiese visto a lo lejos a Catalina, que acudía presurosa con su hijo en los brazos.

DespuĂ©s que se supo que, segĂșn toda probabilidad, la tĂ­a AngĂ©lica habĂ­a muerto de hambre y de frĂ­o, los vecinos se dieron poca prisa en cumplir sus ofertas de ayudar a Pitou en lo que necesitase.

Catalina, pues, llegaba a tiempo. La pobre criatura declarĂł que considerĂĄndose ya mujer de Pitou, a ella le tocaba tributar los Ășltimos deberes a la tĂ­a AngĂ©lica; y los llenĂł con igual respeto, con igual ternura que dieciocho meses antes habĂ­a mostrado para con su madre.

Pitou, entretanto, iría a preparar lo necesario para el entierro, fijado forzosamente para dentro de dos días, puesto que, habiendo muerto de repente, no podía darse sepultura a la tía Angélica hasta pasadas las cuarenta y ocho horas.

No habĂ­a que hacer mĂĄs para esto sino avistarse con el alcalde, el carpintero y el sepulturero; las ceremonias religiosas habĂ­an sido suprimidas, tanto para los entierros como para los casamientos.


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