La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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No quiso distraer a Catalina de su piadosa ocupación; pero pensando que la inmovilidad en que se hallaba haría que al concluir su oración tuviese mucho frío, corrió a su casa con intención de encender un buen fuego.

Por desgracia hubo una circunstancia que se opuso a la previsión de Pitou: la leña se había concluido.

Pitou se rascó la oreja. El resto de su dinero lo había empleado, como sabemos, en hacer la provisión de pan y combustible.

Miró, pues, en derredor suyo, buscando un objeto que sacrificar a la necesidad del momento.

Había la cama, la artesa y el sillón.

La artesa y la cama, aunque valían poco, no eran, sin embargo, inservibles; pero el sillón hacía ya mucho tiempo que nadie, excepto la tía Angélica, se hubiese atrevido a sentarse en él; tal era la dislocación en que se hallaba.

El sillón, pues, fue condenado a la hoguera.

Pitou procedía cómo el tribunal revolucionario: apenas sentenciado, debía tener lugar la ejecución.

De consiguiente, apoyó su rodilla en la vaqueta del asiento, ennegrecida de puro vieja, asió con ambas manos uno de los palos del respaldo, y tiró con fuerza hacia sí; el sillón resistió una dos veces.

A la tercera sacudida cedió.


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