La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Como si este desmembramiento le hubiese ocasionado un dolor agudo, el sillón lanzó un extraño gemido. Y si Pitou hubiera sido supersticioso, habría creído que el alma de la tía Angélica estaba encerrada en el vetusto taburete.
Pero Pitou no tenía más que una superstición en el mundo: su amor a Catalina. El sillón había sido condenado a calentar a Catalina, y aunque hubiera derramado tanta sangre o lanzado tantos gemidos como los árboles de la selva del Tasso, no hubiera dejado de hacerlo pedazos.
Cogió, pues, el otro palo del respaldo con igual decisión que el primero, y con un esfuerzo semejante al que había hecho antes, lo arrancó del armazón casi totalmente dislocado.
El sillón dejó escapar el mismo rumor extraño, singular, metálico.
Pitou siguió impasible; cogió por un pie el mutilado mueble, lo alzó sobre su cabeza, y para acabar de destrozarlo, lo arrojó con toda su fuerza contra el suelo.
Esta vez partióse en dos, y con grande extrañeza de Pitou, vomitó por su ancha herida arroyos de oro, no de sangre.