La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El mayordomo se retiró con la rigidez de la etiqueta, mientras que el señor de Charny, con esa cortesía de la antigua y verdadera nobleza para todo hombre que llegase de parte del Rey, bien llevase la cadena de plata al cuello o fuese revestido de la librea, le acompañó hasta la puerta.
Cuando estuvo solo, el señor de Charny permaneció un momento con la cabeza entre las manos, como para obligar a sus ideas, confusas y agitadas, a concentrarse pronto; después, restablecido el orden en su cerebro, se ciñó la espada, que estaba en un sillón, se colocó el sombrero debajo del brazo, y bajó.
Encontró en su alcoba a Luis XVI, que de espaldas al cuadro de Van Dyck acababa de pedir el almuerza.
El Rey levantó la cabeza al ver al señor de Charny.
—¡Ah!, sois vos, Conde —dijo—, muy bien. ¿Queréis almorzar conmigo?
—Señor, debo rehusar este honor, porque ya he almorzado —contestó el Conde inclinándose.
—En tal caso —dijo Luis XVI—, como os he rogado que paséis a verme para hablaros de asuntos, y a la verdad muy serios, esperad un instante; no me agrada hablar de negocios cuando como.
—Estoy a las órdenes del Rey —contestó el Conde.