La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Pues entonces, en vez de tratar de asuntos, hablemos de otra cosa, como por ejemplo, de vos.
—¡De mÃ, señor! ¿Y en qué puedo merecer que el Rey se ocupe de mi persona?
—Cuando he preguntado, hace poco, dónde estaba vuestra habitación en las TullerÃas, ¿sabéis lo que me ha contestado Francisco, querido Conde?
—No, señor.
—Me ha dicho que habéis rehusado la habitación que os ofrecÃan, prefiriendo una buhardilla.
—Es verdad, señor.
—¿Y por qué, Conde?
—Señor, porque estando solo y no teniendo más importancia que la que el favor de Sus Majestades tienen a bien concederme, no he creÃdo conveniente privar al señor gobernador de palacio de un aposento, cuando una simple buhardilla es suficiente para mÃ.
—Dispensad, querido Conde, contestáis bajo vuestro punto de vista y como si fuerais simple oficial y soltero; pero tenéis —y en el dÃa de peligro no lo olvidáis, a Dios gracias— un cargo importante cerca de nosotros; además sois casado y, ¿cómo estaréis con la Condesa en vuestra buhardilla?