La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señor —contestó Charny con un acento de melancolÃa que no pasó desapercibido para el Rey—, por poco accesible que fuese a este sentimiento, no creo que la condesa de Charny me haga el honor de compartir mi habitación, bien sea grande o pequeña.
—Pero, en fin, señor Conde, vuestra esposa, sin ejercer cargo alguno junto a la Reina, es su amiga, y bien sabéis que la Reina no puede estar sin la señora de Charny, aunque hace algún tiempo he creÃdo notar que existÃa entre ellas cierta frialdad. Cuando la condesa de Charny venga al palacio, ¿dónde se alojará?
—Señor, sin una orden expresa de Vuestra Majestad, no creo que la señora de Charny vuelva jamás al palacio.
—¡Ah!, ¡ya!
Charny se inclinó.
—¡Imposible! —exclamó el Rey.
—Dispénseme Vuestra Majestad —dijo el Conde—, mas creo estar seguro de lo que digo.
—Pues bien, esto me extraña menos de lo que pudierais suponer, querido Conde; creo haberos dicho que habÃa notado cierta frialdad entre la Reina y su amiga.
—En efecto, Vuestra Majestad ha tenido a bien manifestarlo.
—¡Enojos de mujeres! Ya trataremos de arreglar todo esto; pero entretanto parece que, sin saberlo, me conduzco con vos de una manera tiránica, querido Conde.