La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¿Cómo así, señor?

—Obligándoos a vivir en las Tullerías, cuando la Condesa habita… ¿dónde, señor de Charny?

—En la calle de Coq-Héron, señor.

—Os pregunto esto por la costumbre que tenemos los reyes de interrogar, y tal vez un poco también por mi deseo de conocer las señas de la Condesa, pues no conociendo París más que un ruso de Moscú a un austríaco de Viena, ignoro si la calle de Coq-Héron está cerca o lejos de las Tullerías.

—Está cerca, señor.

—Tanto mejor; esto me explica que no tengáis más que un palmo de terreno en las Tullerías.

—La habitación que aquí tengo, señor —contestó Charny con el mismo acento de melancolía que el Rey había notado ya en su voz—, no es un simple palmo de terreno; muy por el contrario es un alojamiento fijo en el que se me encontrará a cualquier hora del día o de la noche en que Su Majestad me haga el honor de enviar a buscarme.

—¡Oh, oh! —exclamó el Rey, cuyo almuerzo tocaba a su fin, recostándose en su sillón—. ¿Qué quiere decir eso, señor Conde?

—El Rey me dispensará, pero no comprendo muy bien el interrogatorio que tiene a bien hacerme.


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