La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Bah!, bien sabéis que soy un bonachón, un padre, esposo ante todo, y que me inquieta casi tanto como el interior de mi palacio el exterior de mi reino… Pero ¿qué quiere decir eso, señor Conde?… ¡Al cabo de tres años de casamiento escasamente, el señor de Charny tiene habitación fija en las TullerÃas, y la de su esposa está en la calle de Coq-Héron!
—Señor, tan sólo podrÃa contestar a Vuestra Majestad que la señora de Charny desea vivir sola.
—Pero, en fin, ¿no vais a verla todos los dÃas… o dos veces a la semana?…
—Señor, no he tenido el gusto de ver a la Condesa de Charny desde el dÃa que el Rey me dio orden de ir a ver cómo estaba.
—¡Pues bien… de esto hace más de ocho dÃas!…
—Diez, señor —contestó Charny con acento algo conmovido.
El Rey comprendÃa mejor el pesar que la melancolÃa, y sorprendió en el acento del Conde esa emoción que habÃa dado a conocer.
—Conde —dijo Luis XVI con esa bondad que sentaba tan bien al hombre casero, como se llamaba algunas veces a sà propio—, Conde, esto es culpa vuestra.
—¡Culpa mÃa! —dijo Charny con viveza, ruborizándose a pesar suyo.