La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Sí, sí, culpa vuestra —insistió el Rey—; en el alejamiento de la mujer, sobre todo tan cumplida como la Condesa, siempre hay un poco de culpa por falta del hombre.

—¡Señor!

—Me diréis que esto no me concierne, querido Conde; pero yo os contestaré que sí me importa, porque el Rey puede hacer muchas cosas con su palabra. Veamos, sed franco y contestad que habéis sido ingrato con esa pobre señorita de Taverney que tanto os ama.

—¡Qué tanto me ama!… Dispensad, señor. ¿Ha dicho Vuestra Majestad —replicó Charny con una ligera expresión de amargura—, que la señorita de Taverney me amaba… mucho?…

—La señorita de Taverney o la señora condesa de Charny, pues, pienso que es lo mismo.

—Si y no, señor.

—Pues bien, dije que la señora de Charny os amaba, y no me desdigo.

—Señor, ya sabéis que no es dado desmentir a un Rey.

—¡Oh!, desmentid tanto como gustéis; yo sé bien lo que digo.

—¿Y Vuestra Majestad ha notado, por ciertas señales visibles tan sólo por el Rey, que la señora de Charny me amaba… mucho?…


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