La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señor —dijo Charny sonriendo con tristeza—, Dios ha permitido que los que nacen superiores a nosotros, recibieran, sin duda, como uno de los privilegios de su raza, esa mirada que busca hasta en el fondo de los corazones secretos que se mantienen ignorados para los demás hombres. El Rey y la Reina han visto asà y tal debe ser; pero la debilidad de mis ojos me hace ver de distinta manera. He aquà por qué rogarÃa al Rey que no se inquietase de ese gran amor de la señora de Charny a mi persona; y si quiere ocuparme en alguna misión peligrosa o lejana, la ausencia o el riesgo serán igualmente bienvenidos, al menos por mi parte.
—Sin embargo, cuando hace ocho dÃas la Reina quiso enviaros a TurÃn, parece que deseasteis permanecer en ParÃs.
—Creà que mi hermano era suficiente para aquella misión, y me reservé para otra más difÃcil o más peligrosa.
—Pues bien, precisamente porque ha llegado el momento de confiaros una misión, difÃcil hoy, y que no carece de peligro para el porvenir, querido Conde, os hablaba del aislamiento de la señora de Charny, a quien hubiera querido ver junto a una amiga, puesto que la privo del esposo.
—Escribiré a la Condesa, señor, para manifestarle los buenos sentimientos de Vuestra Majestad.