La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡El peluquero de la Reina, el peluquero de la Reina!

Entre los perseguidores que corrían y gritaban, veíanse dos que llevaban cada cual una cabeza ensangrentada en la punta de una pica. Eran las de dos desgraciados guardias, Varicourt y Deshuttes, que separadas del cuerpo por un individuo llamado el gran Nicolás, habían sido colocadas en las picas por la multitud.

Aquellas cabezas, como hemos dicho, servían de banderas a la gente que corría en persecución del desgraciado con quien Gamain estaba a punto de tropezar.

—¡Toma! —exclamó este—, es Leonardo.

—¡Silencio!, no me nombréis —exclamó el peluquero precipitándose en la taberna.

—¿Qué le quieren? —preguntó el cerrajero al desconocido.

—¿Quién sabe? —contestó este—; tal vez se desea que rize las cabezas de esos pobres diablos. ¡Se conciben tan singulares ideas en tiempo de revolución!

Y se confundió con la multitud, dejando a Gamain, de quien sin duda había obtenido todo cuanto necesitaba, y el cual marchó en dirección a Versalles, a lo que le llamaba su taller.


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