La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Esta vanguardia se componía de míseros descamisados casi beodos, espuma flotante en la superficie de toda inundación, bien sea esta de agua o de lava.
De improviso prodújose en aquella multitud gran tumulto: se acababan de ver las bayonetas de la guardia nacional y el caballo blanco de Lafayette, que precedía seguidamente al coche del Rey.
A Lafayette le agradaban mucho las reuniones populares; en medio del pueblo de París, del que era el ídolo, reinaba verdaderamente.
Pero no le agradaba el populacho.
París, como Roma, tenía su plebe plebécula.
Le disgustaban, sobre todo, esa especie de ejecuciones que el pueblo practicaba por su mano, y ya se ha visto que hizo cuando le fue posible para salvar a Flesselles, a Foullon y a Bertier de Sauvigny.
Aquella vanguardia había tomado la delantera para ocultar su trofeo, conservando las sangrientas insignias que demostraban su victoria.
Mas parece que, reforzados con el triunvirato que habían tenido la suerte de encontrar en la taberna, los portaestandartes hallaron medio de eludir a Lafayette, pues, rehusaron marchar con sus compañeros, alegando que como Su Majestad había declarado que no quería separarse de sus fieles guardias, esperarían al Rey para servirle de cortejo.