La Condesa de Charny

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En su consecuencia, la vanguardia, habiendo recobrado fuerzas, emprendió de nuevo la marcha.

Aquella multitud que avanzaba por el camino real de Versalles a París, semejante a una cloaca desbordada, que después de la tempestad arrastra en sus hondas negras y cenagosas a los habitantes de un palacio que halló a su paso y derribó con su violencia, aquella multitud, decimos, tenía a cada lado del camino una especie de remolino formado por las poblaciones de los pueblos inmediatos, que acudían para ver que pasaba. De los que llegaban así, algunos, y era el menor número, confundíanse con la multitud para formar parte del cortejo del Rey, mezclando sus gritos y sus clamores con los que ya se oían; pero la mayor parte de los curiosos se quedaban en ambos lados del camino, inmóviles y en silencio.

¿Diremos por eso que simpatizaban con el Rey y la Reina? No, pues a menos de pertenecer a la clase aristocrática de la sociedad, todo el mundo, hasta la clase media, se resentía poco o mucho del hambre espantosa que acababa de invadir a toda Francia. Por lo tanto, para no insultar al Rey, a la Reina y al Delfín, se callaban, y el silencio de la multitud es tal vez peor aún que sus insultos.


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