La Condesa de Charny

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En cambio, por el contrario, aquella muchedumbre gritaba a voz en cuello: «¡Viva Lafayette!», y este levantaba su sombrero de vez en cuando con la mano izquierda, saludando con su espada en la derecha. También se oía gritar: «¡Viva Mirabeau!», el cual asomaba de vez en cuando la cabeza por la portezuela de la carroza donde iba, oprimido entre los demás, ansioso de aspirar el aire exterior, necesario para sus grandes pulmones.

Por eso el desgraciado Luis XVI, para quien todo era silencio, oía aplaudir delante de él la cosa que había perdido, la popularidad, y lo que le había faltado siempre, el genio.

Gilberto, así como lo había hecho en el viaje del Rey solo, iba confundido con todo el mundo junto a la portezuela derecha de la carroza del monarca, es decir, al lado de la Reina.

María Antonieta, que no había podido comprender jamás aquella especie de estoicismo de Gilberto, a quien la rigidez americana había comunicado mayor aspereza, miraba con asombro a aquel hombre que, sin amor y abnegación para sus soberanos, llenaba simplemente cerca de ellos lo que llamaba un deber, aunque mostrándose dispuesto a practicar en su favor todo cuanto se hace por fidelidad y por cariño.

Más aún, pues no hubiera vacilado en morir por ellos; y muchas abnegaciones de amor no llegan hasta este punto.


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