La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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A los dos lados del coche del Rey y de la Reina —además de aquella especie de fila de personas a pie que se había apoderado de aquel sitio, los unos por la curiosidad y los otros para estar dispuestos a socorrer, en caso necesario, a los augustos viajeros, siendo muy pocos los que tenían malas intenciones—, avanzaban por las dos orillas del camino, hundiéndose en el barro, que tenía seis pulgadas de profundidad, las mujeres y los hombres fuertes del mercado, que parecían rodar de vez en cuando, enmedio de su abigarrada corriente de ramos y cintas, un objeto más compacto.

Era tal vez algún cañón o un furgón cargado de mujeres, que cantaban ruidosamente, gritando con voz descompasada.

Lo que cantaban era nuestra antigua canción popular, que comienza así:

La panadera tiene cuartos,

pero bien poco le cuestan.

Lo que decían era la nueva fórmula de sus esperanzas:

«Ya no nos faltará pan, porque traemos al panadero, la panadera y el mozo de la tahona».


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