La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La Reina parecía escuchar todo esto sin comprender nada. Tenía entre sus piernas, de pie, al pequeño Delfín, que miraba a aquella multitud con ese aire de espanto con que los hijos de los príncipes miran a la muchedumbre —en la hora de las revoluciones—, como nosotros vimos que la miraban el rey de Roma, el duque de Burdeos y el conde de París.

Pero nuestra multitud era más desdeñosa y más magnánima que aquella otra, porque era más fuerte y comprendía que le era dado hacer gracia.

El Rey, por su parte, miraba todo aquello con expresión grave y triste; apenas había dormido la noche anterior; comió mal en su almuerzo; faltóle tiempo para empolvar otra vez su cabeza; llevaba la barba muy larga y la ropa blanca arrugada, cosas que le molestaban infinitamente. ¡Ah!, ¡el pobre Rey no era hombre para las circunstancias difíciles, y por eso en todas ellas doblaba la cabeza! ¡Un solo día la levantó, y fue en el cadalso, en el momento en que iba a caer!

Madame Isabel era ese ángel de dulzura y de resignación que Dios había puesto junto a dos seres condenados; debía consolar al Rey en el Temple, por la ausencia de la Reina, consolando después a esta en la Conserjería por la muerte del Rey.


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