La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El doctor encontró, no a la Reina, sino a la mujer, a la esposa, a la madre, agobiada bajo el relato que había herido dos veces su corazón.

Por esto escuchó con mejores disposiciones a Gilberto, que venía a ofrecer el medio de poner término a todos aquellos asesinatos.

La Reina, enjugando sus ojos llenos aún de lágrimas y su frente bañada en sudor, tomó de manos de Gilberto la lista que le presentaba.

Pero antes de fijar la vista en el papel, por importante que fuera, volvióse hacia Weber y le dijo:

—Si esa pobre mujer no ha muerto, la recibiré mañana, y si está verdaderamente encinta, seré la madrina de su hijo.

—¡Ah!, señora —exclamó Gilberto—, ¿por qué no pueden todos los franceses ver como yo las lágrimas que corren de vuestros ojos y oír las palabras que pronunciáis?

La Reina se estremeció: estas palabras eran poco más o menos las mismas que en una circunstancia no menos crítica le había dirigido Charny.

Después fijó su mirada en la nota de Mirabeau; pero demasiado perturbada en aquel momento para dar una respuesta conveniente, se limitó a decir:

—Está bien, doctor, dejadme este escrito; reflexionaré, y os daré mi contestación mañana.


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