La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Escuchad —dijo Gilberto—, tal vez os burléis de mí con la ayuda de alguno de esos prestigios que os son familiares; pero no importa, las circunstancias en que nos hallamos son tan graves, que aunque el mismo Satanás en persona me ofreciese una aclaración, la aceptaría. Os sigo, pues, por todas partes y adonde queráis conducirme.

—¡Oh!, estad tranquilo, no será muy lejos, y vamos a un sitio que ya conocéis; pero permitid que detenga ese coche de plaza que ahora pasa, pues el traje con que he salido no me permitió servirme del mío.

En efecto, hizo una señal al conductor de un coche que pasaba por el otro lado del muelle, aquel se acercó y los dos subieron.

—¿Adónde se os debe conducir, ciudadano? —preguntó el cochero a Cagliostro, como si comprendiese que este, aunque más sencillamente vestido, era el que conducía al otro adonde le acomodaba.

—Adonde ya sabes —contestó el Conde, haciendo al cochero una especie de señal masónica.

El hombre miró a su interlocutor con asombro.

—Dispensad, monseñor —dijo, contestando con otra señal—, no os había reconocido.

—Pues no me sucede a mí lo mismo —replicó Cagliostro con voz firme y altiva—, pues por numerosos que sean, conozco desde el primero hasta el último de mis súbditos.


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