La Condesa de Charny

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El cochero cerró al portezuela, subió al pescante, y al galope de sus caballos condujo el coche a través de aquel dédalo de calles que conducían desde el Châtelet hasta el bulevar de las Hijas del Calvario; desde aquí, continuando su carrera hacia la Bastilla, no se detuvo hasta llegar a la esquina de la calle de San Claudio. Entonces la portezuela se abrió con una rapidez que indicaba el celo respetuoso del cochero.

Cagliostro hizo señal a Gilberto para que se apease primero, y bajó a su vez.

—¿No tienes nada que decirme? —preguntó al cochero.

—Sí, monseñor —contestó el hombre—, y os lo habría dicho esta noche, si no hubiera tenido la suerte de encontraros.

—Habla, pues.

—Lo que tengo que decir a monseñor, no debe ser escuchado por oídos profanos.

—¡Oh! —dijo Cagliostro sonriendo—, la persona que está aquí no es del todo profana.

Gilberto fue quien se alejó por discreción.

Sin embargo, no pudo menos de mirar con un ojo y escuchar con un oído.

Y notó que el relato del cochero hacía sonreír a Bálsamo.


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