La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Oyó los dos nombres Provenza y Favras, y terminado el informe, Cagliostro sacó un doble luis del bolsillo y quiso dárselo al cochero, pero este movió la cabeza.
—Monseñor sabe muy bien —dijo—, que está prohibido por la junta suprema el admitir dinero por los informes.
—No te pago por lo que me has dado —dijo Bálsamo—, sino por tu carrera.
—Bajo este tÃtulo, acepto.
Y tomando el doble luis, añadió:
—Gracias, monseñor, ya tengo el jornal del dÃa.
Y saltando ligeramente a su pescante se alejó al trote de sus caballos, haciendo crujir su látigo y dejando a Gilberto maravillado de lo que acababa de ver y oÃr.
—¿Qué hacemos? —preguntó Cagliostro, que tenÃa la puerta abierta hacÃa algunos segundos, sin que Gilberto se acordase de entrar—. ¿No pasáis, querido doctor?
—Ya estoy aquà —contestó Gilberto—, dispensadme.
Y franqueó el umbral, tan aturdido que vacilaba como un hombre ebrio.