La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Sin embargo conocido es el dominio que Gilberto tenía sobre sí; de modo que, apenas había cruzado el patio solitario cuando ya estaba repuesto, y franqueó la escalinata con un paso tan firme como vacilante era al traspasar el umbral de la puerta.
Por lo demás, conocía ya la casa donde entraba, pues habíala visitado antes una vez en una época de su vida que dejó en su corazón profundos recuerdos.
En la antecámara encontró al mismo criado alemán que había visto dieciséis años antes; hallábase en el mismo sitio y vestía una librea semejante; pero así como él, Gilberto, como el Conde, y como la misma antecámara, había envejecido de dieciséis años.
Fritz —ya se recordará que este era el nombre del antiguo servidor— adivinó con los ojos la habitación a que su amo deseaba conducir a Gilberto, y abriendo rápidamente las dos puertas se detuvo en el umbral de una tercera, para asegurarse de que Cagliostro no tendría que darle otra orden.
Aquella tercera puerta era la del salón.
Cagliostro hizo seña a Gilberto de que podía entrar allí, y otra con la cabeza a Fritz para que se retirase.
Pero le dijo en alemán:
—No estoy para nadie hasta nueva orden.