La Condesa de Charny

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Y añadió, volviéndose hacia Gilberto:

—No hablo en alemán a mi criado para que no me comprendáis, pues ya sé que poseéis este idioma; pero es que Fritz es natural del Tirol, comprende mejor el alemán que el francés. Y ahora, sentaos; estoy a vuestra disposición, doctor.

Gilberto no pudo menos de pasear una mirada curiosa a su alrededor, y durante unos momentos sus ojos se fijaron sucesivamente en los muebles y cuadros que adornaban el salón, los cuales iba recordando uno por uno.

En cuanto a la habitación era la misma de otras veces: los ocho cuadros de maestros estaban siempre colgados en las paredes; en los sillones, revestidos de lustrina color cereza con bordados de oro, seguían brillando estos adornos en la penumbra formada por los gruesos cortinajes; la gran mesa de Boule estaba en su sitio, y los veladores cargados de porcelanas de Sevres, hallábanse aún entre las ventanas.

Gilberto exhaló un suspiro y apoyó su cabeza en la mano. A la curiosidad del presente se habían reunido los recuerdos del pasado, por lo menos un instante.

Cagliostro miraba a Gilberto como Mefistófeles debió de mirar a Fausto cuando el filósofo alemán cometía la imprudencia de entregarse a sus sueños delante de él. Después, con su voz estridente dijo de pronto:

—Parece, doctor, que reconocéis este salón…


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