La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Sà —contestó Gilberto—, me acuerdo de las obligaciones contraÃdas con vos.
—¡Ah, bah! ¡Son quimeras!
—A decir verdad —continuó Gilberto, hablando a la vez consigo y con Cagliostro—, sois un hombre extraño, y si la poderosa razón me permitiera dar fe a esos prodigios mágicos de que nos hablan los poetas y los cronistas de la Edad Media me inclinarÃa a creer que sois hechicero como MerlÃn, o que hacéis oro como Nicolás Flemel.
—SÃ, para todo el mundo soy eso, Gilberto; mas para vos no, y nunca intenté deslumbraros con prestigios. Bien sabéis que siempre os hice tocar el fondo de las cosas, y si algunas veces habéis visto que, al llamar yo a la verdad, esta salÃa de su pozo más engalanada que de costumbre, es que, como verdadero siciliano, soy aficionado a los oropeles.
—Aquà es, como recordaréis —dijo el doctor—, donde disteis, señor Conde, cien mil escudos a un muchacho andrajoso, con la misma facilidad con que yo darÃa dos sueldos a un pobre.
—Olvidáis una cosa más extraordinaria, Gilberto —replicó Cagliostro con gravedad—, y es que aquel muchacho andrajoso me devolvió los cien mil escudos, excepto dos luises que habÃa gastado para comprarse ropa.