La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —El muchacho no era más que honrado; mientras que vos fuisteis espléndido.
—¿Y quién os dice, Gilberto, que no es más fácil ser espléndido que honrado, y dar cien mil escudos cuando se tienen siete millones, que no devolver esta suma a quien os la prestó cuando no se tiene un cuarto?
—Tal vez sea verdad —contestó Gilberto.
—Por lo demás, todo depende de la disposición de ánimo en que uno se encuentra. Acababa de sufrir la mayor desgracia de mi vida, Gilberto, ya no tenÃa apego a nada, y si me hubierais pedido mi vida, creo, Dios me perdone, que os la hubiera dado como os di los cien mil escudos.
—¿Es decir que estáis sometido a la desgracia como los demás hombres? —dijo Gilberto, mirando al Conde con cierto asombro.
Cagliostro exhaló un suspiro.
—Habláis de los recuerdos que este salón evoca en vos, digo; si supierais los que despierta en mi alma… pero no, pues antes de terminarse el relato, mis cabellos blanquearÃan del todo. Hablemos de otra cosa, dejando que los acontecimientos de otro tiempo duerman en el olvido, que es sudario; en el pasado, que es su tumba, y ocupémonos tan sólo del presente, o del futuro si queréis.