La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Conde, antes me hacÃais volver a la realidad, rompiendo con el charlatanismo, y he aquà que pronunciáis de nuevo la sonora palabra el porvenir como si este se hallase en vuestras manos, y como si vuestros ojos pudieran ver sus indescifrables jeroglÃficos!
—Y vos olvidáis también que, teniendo a mi disposición más medios que los otros hombres, no tiene nada de extraño que vea mejor y más lejos que ellos.
—¡Siempre palabras, Conde!
—Olvidáis los hechos, doctor.
—¡Qué queréis, cuando mi corazón rehúsa creer!
—¿Os acordáis de aquel filósofo qué negaba el movimiento?
—SÃ.
—¿Qué hizo su adversario?
—Anduvo delante de su competidor. ¡Andad vos, ya os miro, o, más bien, hablad, ya os escucho!
—En efecto, para eso hemos venido, ya hemos perdido mucho tiempo en otra cosa. Veamos, doctor, ¿qué hay de nuestro ministerio de fusión?
—¿Cómo de nuestro ministerio de fusión?
—SÃ, de nuestro ministerio Mirabeau-Lafayette.
—No hay más que los vanos rumores que habéis oÃdo repetir con los demás, y tal vez queréis conocer su realidad interrogándome.