La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —También es la mÃa, doctor, y he aquà por qué la combinación que habéis presentado al Rey fracasará.
—¿Qué fracasará?
—Sin duda… ¡Bien sabéis que yo no quiero que la monarquÃa se salve! El Rey, muy perplejo ya por lo que le dijisteis —dispensad si tomo las cosas desde el principio, para probaros que no ignoro ninguna fase de la negociación—; pues bien, el Rey, decÃa, habló de vuestra combinación a la Reina, y —con gran asombro de las personas superficiales, cuando, pasado el tiempo, esa gran charlatana que llaman la historia diga en voz alta lo que aquà decimos en voz baja— la Reina se mostró menos opuesta aún que el Rey a vuestro proyecto. Por eso os mandó llamar, discutió con vos el pro y el contra, y acabó por autorizaros para hablar a Mirabeau. ¿No es asÃ? —preguntó Cagliostro, mirando al doctor fijamente.
—Debo confesar, Conde, que hasta aquà no os habéis desviado ni un ápice del camino recto.
—Con lo cual, señor orgulloso, os retirasteis muy satisfecho y plenamente convencido de que aquella conversión era debida a vuestra poderosa lógica y a vuestros irresistibles argumentos.
Al oÃr este tono irónico, Gilberto no pudo menos de morderse los labios.