La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¿Y a qué se debía esa conversión sino a mi lógica y a mis argumentos, decid Conde? El estudio del corazón es siempre para mí tan precioso como el del cuerpo; habéis inventado un instrumento con el cual se lee en el pecho de los reyes; dejadme ese maravilloso telescopio, Conde, pues seríais enemigo de la humanidad si lo guardarais para vos solo.

—Os he dicho que no tenía secretos para vos, doctor, y para satisfacer vuestros deseos voy a poner mi telescopio en vuestras manos, a fin de que podáis mirar a vuestro antojo, lo mismo por la extremidad que disminuye como por aquella que aumenta. Pues bien, la Reina ha cedido por dos razones: la primera, porque la víspera había tenido un profundo pesar; de modo que proponerle anudar una intriga y desenredarla, era lo mismo que proponerle una distracción; la segunda se debe a que la Reina es mujer a quien han hablado de Mirabeau como de un león, un tigre o un oso, y una mujer no sabe resistir nunca al deseo tan halagüeño para el amor propio como el de domesticar un oso, un tigre o un león. Sin duda se ha dicho: «Sería curioso que humillase a mis pies a ese hombre que odio; que obligara a ese tribuno a pedirme perdón por haberme insultado. Le veré a mis pies y esta será mi venganza. Además, si de esa genuflexión resulta algún bien para Francia y para la monarquía, tanto mejor». Ya comprenderéis, doctor, que este último sentimiento es secundario.


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