La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Mientras que el niño, dudando aún de sí, buscaba por el suelo el luis de oro, que reposaba ya en el fondo del bolsillo de Beausire; mientras que este admiraba la inteligencia de su hijo, que acaba de manifestarse por la narración antedicha, tal vez algo mejorada por nuestra pluma; y mientras que Nicolasa, participando del entusiasmo de su amante por la disposición del pequeño, se preguntaba seriamente quién podría ser aquel caballero que daba confites y un luis de oro, la puerta se abrió poco a poco, y una voz muy dulce pronunció estas palabras:

—Buenas noches, señorita Nicolasa, señor Beausire e hijo.

Todos se volvieron hacia el lado de donde procedía la voz.

En el umbral de la puerta, y sonriendo ante aquel cuadro de familia, hallábase un hombre vestido con mucha elegancia.

—¡Ah! ¡El señor de los confites! —exclamó el pequeño Santos.

—¡El conde de Cagliostro! —dijeron a la vez Nicolasa y Beausire.

—Tenéis un niño encantador, caballero —dijo el conde—, y debéis estar muy contento por ser su padre.


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