La Condesa de Charny
La Condesa de Charny DONDE EL LECTOR ENCUENTRA
AL SEÑOR BEAUSIRE TAL CUAL ERA ANTES
Después de pronunciadas las amables frases del Conde, siguióse una pausa durante la cual Cagliostro se adelantó hasta el centro de la habitación, paseando después una mirada en torno suyo, sin duda para apreciar la situación moral, y sobre todo pecuniaria, de los antiguos conocidos, hacia los cuales le conducían inopinadamente aquellos manejos terribles y subterráneos de que él era el centro.
El resultado de aquella ojeada, tratándose de un hombre tan perspicaz como el Conde, no podía dejar la menor duda.
Un observador común hubiera adivinado lo que era verdad, es decir, que aquella pobre gente no tenía más que su última moneda de veinticuatro sueldos.
De las tres personas a quienes había sorprendido la aparición del Conde, la primera que rompió el silencio fue aquella a quien su memoria no recordaba más que los recientes hechos, y a la que por lo tanto no remordía la conciencia cosa ninguna.
—¡Ah!, caballero, qué desgracia —exclamó el niño Santos—, he perdido mi luis.
