La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Nicolasa abrÃa ya la boca para aclarar los hechos; pero reflexionando que su silencio valdrÃa tal vez un segundo luis al niño, y que entonces se lo apropiarÃa ella, se calló.
Nicolasa no se habÃa engañado.
—¿Has perdido tu luis, pobre niño? —dijo Cagliostro—. Pues bien, he aquà dos, y procura no perderlos esta vez.
Y sacando de una bolsa, cuya redondez encendió las miradas codiciosas de Beausire, otros dos luises de oro, los puso en la manita del niño.
—Toma, mamá —dijo el pequeño Santos, corriendo hacia Nicolasa—, uno para ti y otro para mÃ.
Y el niño compartió su tesoro con la madre.
Cagliostro habÃa notado la insistencia con que la mirada del falso sargento seguÃa su bolsa, la cual acababa de abrir para dar paso a las cuarenta y ocho libras, en las diversas evoluciones que habÃa hecho desde su salida del bolsillo hasta su entrada en él.
Al ver que el objeto desaparecÃa en las profundidades de la casaca del Conde, el amante de Nicolasa exhaló un suspiro.
—¿SeguÃs siendo siempre melancólico, señor de Beausire? —preguntó Cagliostro.
—¿Y vos siempre millonario, señor Conde?