La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Ah! Vos que habéis sido uno de los más grandes filósofos que conocí, tanto en los últimos siglos como en la antigüedad, debéis conocer el axioma que fue celebrado en todas las épocas. «El dinero no constituye la felicidad». Yo os he conocido relativamente rico.

—Sí —contestó Beausire—, es cierto; he poseído hasta cien mil francos.

—Es posible; pero en la época en que yo os encontré, os habíais comido ya cuarenta mil francos, poco más o menos, de modo que tan sólo os quedaban sesenta mil, suma que, según reconoceréis, era bastante redonda para un antiguo exento.

Beausire suspiró por segunda vez.

—¿Qué son sesenta mil libras —dijo—, comparadas con las sumas de que vos disponéis?

—Como depositario, señor de Beausire, pues si contáramos bien, me parece que vos seríais San Marcos y yo el pobre, y que os veríais obligado, para que no me helase de frío, a darme la mitad de vuestra capa. Pues bien, apreciable señor de Beausire, ¿recordáis las circunstancias en que os encontré? Entonces teníais, como ya he dicho, unas sesenta mil libras en vuestro bolsillo, y yo os pregunto si erais con esto más feliz.

Beausire dejó escapar un tercer suspiro que podía tomarse por una queja.


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