La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Vamos, contestad —insistió Cagliostro—. ¿QuerrÃais cambiar vuestra posición actual, aunque no poseáis sino ese pobre luis que habéis cogido a vuestro hijo?…
—¡Caballero! —interrumpió el antiguo exento.
—No nos enfademos; señor de Beausire; ya nos indispusimos una vez, y os visteis obligado a ir a buscar a la calle vuestra espada, que habÃa saltado por la ventana. ¿Lo recordáis?… Vamos, ya veo que sà —continuó el Conde al ver que Beausire no contestaba—. Siempre sirve de algo tener memoria. Pues bien, vuelvo a preguntároslo: ¿Quisierais cambiar vuestra posición actual, aunque sólo poseáis el pobre luis escamoteado a vuestro hijo —esta vez las palabras pasaron sin protesta—, por la situación precaria de la que ha contribuido a libraros?
—No, señor Conde —contestó Beausire—; en efecto, tenéis razón, no cambiarÃa, ¡ay de mÃ! En aquella época yo estaba separado de mi querida Nicolasa.
—Y además, ligeramente acosado por la policÃa, con motivo de aquel asunto de Portugal… ¿Y que diablos resultó al fin de aquel negocio, señor Beausire?… Me parece recordar que fue muy sucio.
—Cayó al agua, señor Conde —contestó Beausire.