La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ah! Tanto mejor, porque debÃa inquietaros mucho; pero no contéis demasiado con el olvido, porque hay en la policÃa individuos que son muy buenos buzos, y por turbia o profunda que sea el agua, siempre es más fácil de pescar un asunto feo que una hermosa perla.
—En fin, señor Conde, excepto la miseria a que nos vemos reducidos…
—SerÃais feliz; de modo que os bastarÃan mil luises para que vuestra dicha fuese completa.
Los ojos de Nicolasa brillaron; los de Beausire despedÃan fuego.
—De este modo —exclamó el segundo—, y si tuviéramos mil luises, es decir, veinticuatro mil libras, comprarÃamos un terreno; con la mitad de la suma, me proporcionarÃa una modesta renta para nosotros, y yo me harÃa labrador.
—Como Cincinnatus…
—Mientras que Nicolasa se dedicarÃa exclusivamente a la educación de nuestro hijo.
—Como Cornélie… ¡Diablo!, señor Beausire, no solamente serÃa esto ejemplar, sino hasta conmovedor. ¿No esperáis ya ganar esa suma en el negocio que os ocupa en este momento?
Beausire se estremeció.
—¿De qué negocio habláis? —preguntó.