La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Caballero —contestó Beausire, tratando de aparentar serenidad mientras que enjugaba el sudor que corrÃa por su frente—, no se ahorcará a un caballero.
—Es verdad; mas para que os cortasen la cabeza, apreciable señor Beausire, serÃa necesario presentar vuestras pruebas de nobleza, lo cual serÃa tal vez un poco largo, lo bastante para cansar al tribunal, que podrÃa muy bien dar orden para que os ahorcaran provisionalmente. Sabido esto, me diréis que cuando la causa es buena, poco importa el suplicio. «El crimen es lo vergonzoso, no el cadalso, como ha dicho un gran poeta».
—Sin embargo —balbuceó Beausire, cada vez más espantado—. SÃ, vais a decirme que no estáis lo bastante aferrado a vuestras opiniones, para sacrificar por ellas la vida.
—¡Diablo!, lo comprendo asÃ, pues «no se vive más que una vez», como dice otro poeta no tan célebre como el primero, pero que podrÃa muy bien tener razón.
—Señor Conde —replicó al fin Beausire—, he observado, durante las pocas relaciones que tuve el honor de mantener con vos, que tenéis una manera de hablar de las cosas, que harÃais erizar los cabellos de un hombre tÃmido.
—¡Diablo!, no es tal mi intención —dijo Cagliostro—; y además, vos no sois hombre tÃmido.